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Los elementos terrestres
Altas proposiciones de lo estéril
por cuyo rastro voy sangrando a media altura
y buscándome
palpándome,
por detrás de la rosa edificada,
sobre la que no tiene orilla ni regreso
y es como lo descubierto recobrado
que acaba el que me sigue y me revele.
Me apoyo en ti,
clima desenterrado de lo estéril
para fundar el aire de la gracia y el asombro;
y el metaloide aciago y desmentido,
primero en rama llega,
y luego en flor el metaloide oscuro,
y en fruto de sabor martirizado,
baja junto a la lengua enajenada,
pasa de mano en mano hasta la altura.
Porque el fruto no es puerto
sin rumbo entre las aguas,
sino estación secreta de la carne;
íntima paz de cotidiana guerra
donde reposa el vientre silvestre y revestido
de accidentes geológicos espesos.
Y la alegría purísima
la honda gracia presente y madurada,
que rebota hasta el fondo de la sangre,
que hace correr y madrugar el pájaros,
y equivocarse de pecho y ponerse,
como ciertas flores,
un corazón de pana en la mañana.
La alegría de caer en inocencia de sí mismo
y disfrutarse junto a otras criaturas
en el descubrimiento de su nombre,
madrugando de pecho para arriba
donde los alimentos perseveran
perdidos para el cielo.
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